No recuerdo el momento exacto en que empecé a sentirme agotado, pero sí el día que entendí que necesitaba irme.
No lejos. No por huir.
Solo quería salir del ruido y escuchar algo que hace tiempo no oía: mi propio silencio.

Pasé semanas buscando destinos.
Lugares bonitos sobran, pero yo no buscaba fotos; buscaba respirar sin prisa.
Así encontré algo llamado Quilotoa Loop: un circuito en los Andes ecuatorianos que muchos describían como “exigente, pero transformador”.
Me intrigó.
No porque prometiera paisajes, sino porque todos hablaban de algo más profundo: de sentirse distinto después de hacerlo.

Empaqué ligero. Una mochila, una libreta, una cámara.
Pero lo más difícil fue empacar las razones.
La rutina, las pantallas, el cansancio de estar “siempre disponible”.
Todo eso pesaba más que el equipaje.
Tenía miedo —miedo de aburrirme, de estar solo, de no saber qué hacer sin conexión.
Pero también había algo de esperanza: esa sensación de que tal vez en las montañas podría encontrar algo que había perdido sin darme cuenta.

Comencé en Isinliví, caminando sin expectativas.
El sendero se abría entre colinas verdes, el aire olía a tierra y leña, y los niños de las aldeas saludaban con una sonrisa limpia, sin apuro.
A veces el viento era tan fuerte que parecía arrastrar los pensamientos.
Y eso, curiosamente, me calmaba.
En cada curva había una pausa, una vista, un respiro.
Los días se volvían más lentos y mi mente, más liviana.
Empecé a entender el sentido de eso que llaman slow travel: no moverse menos, sino sentir más.

Había leído sobre varios alojamientos en el camino, pero algo me llevó a Hostería Chukirawa.
Quizás fue su ubicación —justo frente al cráter del Quilotoa—
o el detalle que mencionaba su nuevo sauna y jacuzzi andino: un pequeño lujo en medio de la montaña.
Pero, sobre todo, me atrajo el tono en que hablaban de ellos: sin promesas falsas, sin poses.
Solo hospitalidad, calma y vista al volcán.

Llegar ahí fue como encontrar un refugio que ya conocía.
Una chimenea encendida, olor a madera, una sopa caliente, y la sensación de que nadie tenía prisa.
El equipo no me trató como huésped, sino como viajero cansado que necesita silencio más que WiFi.

Esa noche, en el jacuzzi, el vapor subía mientras el cielo oscuro se llenaba de estrellas.
El agua tibia me recordaba que estaba vivo,
y la noche, inmóvil y poderosa, me hizo entender por qué había venido:
no para escapar, sino para regresar a mí mismo.

Cuando partí, el cuerpo estaba descansado, pero lo más extraño fue la mente: ligera.
El Quilotoa Loop no me dio respuestas, pero me quitó preguntas.
Y Chukirawa fue la pausa en medio del viaje que me enseñó que descansar no es rendirse, sino recuperar el ritmo natural de las cosas.
Ahora entiendo que hay dos tipos de viajes:
los que te llevan lejos,
y los que te traen de vuelta.

🌋 Hostería Chukirawa, frente al cráter del Quilotoa
🧖♀️ Sauna y jacuzzi con vista a los Andes
🍲 Comida local, chimenea y silencio real
📍 Reserva en Quilotoa.ec
y date el permiso de parar, aunque sea por unos días.


